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La terapia del amor

Pese a al horror de la violencia sexual sufrida por culpa de paramilitares y guerrilleros, Gloria Camacho Prado, mujer tolimense de 27 años, se apoya en sus hijas para salir adelante y pone su voz para apoyar a quienes sufrieron lo mismo que ella.

Por: William Peña G.
Las clases virtuales sin computador y con tan sólo un celular de baja gama para responder a las exigencias del nuevo método de estudio por cuenta de la pandemia, fueron interrumpidas por una llamada que alegró el rostro de Gloria. Le notificaban la entrega de la indemnización administrativa por ser víctima de delitos contra la libertad y la integridad sexual en desarrollo del conflicto armado colombiano.

Ahora, a las sumas, restas y lecturas, para las clases de sus hijas se sumó la empírica materia de arquitectura. La familia comenzó a elaborar mentalmente el plano de lo que será su futura casa: cuántas piezas, qué tan grande será la sala o la cocina, el color del enchape del baño, en fin, para ellas, ese sueño está cerca, y a Gloria, la vida empieza a sonreírle luego de 21 años de tragedia.

Mientras se aferra a la carta de la reparación administrativa que acaba de firmar, hay una mirada triste que contrasta con una voz firme para empezar su relato. “Si uno se cae, se para y se limpia y sigue de pie”, afirma, mientras ordena las ideas para narrar cómo a los siete años fue abusada por primera vez por un paramilitar.

Nació en Lérida hace 27 años. Un pueblo caluroso, ubicado en el norte del Tolima, y que para la época todavía se recuperaba de la tragedia de Armero, municipio vecino, destruido por la erupción del volcán Nevado del Ruiz, en noviembre del año 1985. Una tragedia colectiva, un dolor para todo un país, que no está en la memoria de los recuerdos de Gloria.

“En Lérida estuve hasta los seis años, luego mi papá me llevó para una vereda que se llama el Alto del Oso, en Falán, Tolima, y allá cuando fui a cumplir los siete, me violaron… fueron los paramilitares”, afirma.

Fue el comienzo de años de dolor y la primera de una experiencia que se repetiría al cumplir los 13 años, pero esta vez a manos de un guerrillero que la accedió mientras se encontraba recolectando café.

“Ellos tenían un campamento en el patio de la finca. Mi papá estaba enfermo y nos mandaba hacer los oficios de la casa, a mi hermano se lo llevaron cuando tenía 15 años, a mi hermana la violaron en el 2005 y a mí en el 2006”, relata sin detenerse, pero aparta su mirada buscando un lugar en el Parque de los Novios, sitio que para los leridenses es el símbolo que se erigió como homenaje a las más de 25.000 víctimas que quedaron sepultadas en la avalancha de Armero.

Para entonces su vida estaba ligada a un mundo de horror y a un futuro sin oportunidades. “Yo iba para mujer de un comandante, entonces mi papá se dio cuenta y me envió a Lérida, y fue así como me salvaron de ser reclutada”, agrega.

Se refugió en su pueblo natal. Pasó un año y se reencontró con su familia a quienes también desplazaron de la finca, según ella, por haber evitado que se convirtiera en la mujer de un guerrillero.

Creció llevando esas angustias, se convirtió en madre a los 15 años. Una felicidad que se empañó, no por la discapacidad con la que nació su hija, sino por el traumático “amor” que por entonces conoció: una relación dolorosa, de maltratos y en la que regresaron las agresiones sexuales que tanto daño le han hecho en su vida, “y que esta es la hora que todavía cargo con esas secuelas, porque él me violaba, y pues ahorita estoy en terapia psicológica y en terapia con el psiquiatra”, una adversidad que la confunde y la agobia, que la deprime y la lleva por momentos a doblegarse y perder el control de sus acciones.

“He intentado envenenarme tres veces; la verdad me ha pasado cuando creo que ya no puedo más, porque yo soy madre soltera, tengo dos niñas, una tiene 11 años y una discapacidad y la otra tiene siete añitos, y me toca a mí sola para todo con ellas”.

Pero estas fueron debilidades que ya quedaron en el pasado, y que no puede creer que lo hubiera pensado y menos intentado, porque hablar de sus hijas, recordar sus planes y el proyecto de la casa, hace que su rostro se ilumine. Para esta madre soltera, ellas son la razón de vivir, luchar, caer, pararse, limpiarse y seguir; son su inspiración y la razón de medírsele a lo que sea o guerreársela como ella lo define: “Me ha tocado ir a trabajar al sol ´despalillando´ en el arroz, en casas de familia, cuidando niños, es decir en lo que toque”.

Todo lo hace por sus hijas, a quienes trata de darles una infancia que en su caso nunca tuvo. “A mí me tocaba llegar de la escuela, agarrar un azadón, un canasto para ir a coger café o la peinilla para ir a desyerbar; no tuve infancia y yo quiero que mis hijas vivan algo diferente, que ellas tengan lo que yo no tuve; por decir, yo cumplía años y nunca supe que era una torta, y pues por ahora intento de cualquier modo que al menos tengan una tortica, de que se puedan estrenar así sean un par de calzones, para que ellas tengan lo que yo nunca pude tener”.

Pese a lo vivido (es una de las 466 personas en el Registro Único de Víctimas por este hecho victimizante en el Tolima, y a nivel nacional es una de las 32.092), estas experiencias la han convertido en una mujer “guerrera de la vida”, madre soltera, que ha encontrado en el amor de sus hijas la fortaleza para vencer los miedos, y en la resiliencia la capacidad para enviar un mensaje de optimismo a todas las mujeres que como ella se refugian en el amor para vencer la adversidad.

“Que busquen la manera de cómo motivarse, y si tienen hijos, seguir adelante, seguirla guerreando, cómo me ha tocado a mí. Tener la mentalidad que uno puede hacer las cosas por lo grande o por lo duras que sean”.

Ahora, con la indemnización recibida por parte de la Unidad para las Víctimas, sabe que su vida ha dado un giro de 180. “Es como un regalo de Dios, voy a darle un hogar muy cálido y lleno de amor a mis hijas, y con ellas ya tenemos todo ‘craneado’, nos toca lentamente, pero que lo vamos a hacer sí, porque ellas me motivan”.

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