La mañana del sábado amaneció distinta. Desde muy temprano comenzaron a llegar hombres y mujeres del campo, muchos acompañados de sus familias, cargando consigo algo más que unas botas: llevaban el orgullo de ser campesinos.
En la calle 42 con carrera Quinta no había afán. Había abrazos, fotografías, reencuentros y el aroma inconfundible del canelazo que ayudaba a espantar el frío de las primeras horas del día. Mientras algunos ajustaban sus sombreros y otros acomodaban las botas para la carrera, la conversación giraba alrededor de las cosechas, las veredas y la satisfacción de sentirse reconocidos.
Más de 5.000 personas se sumaron a la segunda versión de la Carrera en Botas de Caucho, una actividad que nació para homenajear a quienes trabajan la tierra y que hoy se ha convertido en una de las celebraciones más queridas de la Semana del Campesino.
Cuando llegó la hora de la partida, las calles se llenaron de un paisaje poco habitual. Campesinos, jóvenes, adultos mayores, niños y ciudadanos de todos los sectores avanzaban juntos, demostrando que la carrera no era una competencia; era una fiesta para exaltar la vida rural.
Entre los participantes estaba Wilson Fiscal, habitante de la vereda Santa Teresa. Mientras observaba el ambiente, resumió en pocas palabras lo que muchos sentían.
“Nos están celebrando, nos están dando la importancia de ser campesinos”, dijo con una sonrisa que reflejaba gratitud y orgullo.
A lo largo del recorrido hubo música, humor y cientos de personas alentando desde los costados. Los humoristas Alfonso Sierra, El Pato Velásquez, Wilches y Kalvin pusieron las carcajadas; los campesinos, en cambio, aportaron las historias de esfuerzo que durante años han construido en silencio desde las montañas y los corregimientos de Ibagué.
Porque detrás de cada participante había una historia. La historia de quien se levanta antes del amanecer para sembrar. La de quien enfrenta el invierno y el verano para sacar adelante su cosecha. La de quienes han hecho del campo no solo un oficio, sino una forma de vida.
Al final de la jornada hubo ganadores, fotografías y reconocimientos. Pero el verdadero triunfo fue otro: por un día, la ciudad se detuvo para mirar hacia la ruralidad y agradecerle.
Y mientras las botas de caucho regresaban a las veredas, quedó una certeza entre quienes participaron: el campo no solo alimenta a Ibagué; también le da identidad, memoria y corazón.