
La puerta apenas se sostiene. Las paredes muestran el desgaste de los años y el techo parece desafiar cada día la gravedad. Adentro, el silencio pesa más que la pobreza.
Sobre una cama cubierta por sábanas sucias y viejas cobijas permanece Isidro González, un hombre de 74 años que, desde hace varios años, enfrenta la vida prácticamente inmóvil, después de un accidente que cambió su destino para siempre.
Su casa, ubicada en el barrio Santa Bárbara, en el corregimiento de Payandé, municipio de San Luis (Tolima), parece haberse detenido en el tiempo. Una cocina improvisada comparte el mismo espacio donde duerme. El baño amenaza con desplomarse en cualquier momento. El olor a humedad y abandono invade cada rincón de una vivienda que hace mucho dejó de ser un hogar.Pero lo que más golpea no es la pobreza material.

Es la soledad.
Don Isidro no tiene hijos que lo visiten, ni familiares que lleguen a preguntarle cómo amaneció. Su hermano falleció hace algunos meses y la única hermana que le sobrevive también enfrenta una difícil situación de salud mientras cuida a un hijo con discapacidad. Desde entonces, quedó completamente solo.
Quienes han evitado que muera de hambre son sus vecinas.
Durante siete años, varias mujeres del sector han llevado alimentos, han limpiado como han podido la vivienda, le han conseguido medicamentos y han hecho todo aquello que una familia debería hacer. Lo hicieron por solidaridad, porque no podían ignorar el sufrimiento de un hombre abandonado a su suerte.
Pero hoy ellas también sienten que ya no pueden más.
Con la voz entrecortada, una de las vecinas resume el drama que viven.
“Hace siete años estamos pendientes de él desde el accidente que sufrió. Está totalmente solo, ya no tiene quién responda por él. Nosotros también estamos enfermas y cansadas. Lo único que pedimos es que lo lleven a un ancianato donde pueda recibir los cuidados que necesita.”
Su llamado no busca protagonismo. Busca salvar una vida.
Las mujeres recorren oficinas, hacen llamadas y tocan puertas esperando que alguna entidad escuche su petición. No piden dinero. No piden ayudas para ellas. Solo solicitan que don Isidro sea trasladado a un centro de atención para adultos mayores, donde pueda recibir alimentación, atención médica y un trato digno durante los años que le quedan.
Según la comunidad, la situación ya fue puesta en conocimiento del alcalde de San Luis, Ricardo Andrés Acosta Salas. Sin embargo, aseguran que hasta el momento no han recibido una respuesta efectiva que permita atender este caso humanitario.
Mientras tanto, los días siguen transcurriendo iguales.
La cama continúa siendo su único refugio. La casa sigue deteriorándose lentamente. Y las vecinas, aunque agotadas, regresan cada mañana con un plato de comida o un vaso de agua, temiendo que cualquier día la puerta permanezca cerrada para siempre.
Hoy, la historia de don Isidro deja de estar escondida entre las calles de Payandé para convertirse en un llamado urgente a la solidaridad de los tolimenses, de las autoridades municipales, de la Gobernación del Tolima y de las entidades encargadas de proteger a los adultos mayores.
Porque ninguna persona debería llegar al final de su vida esperando únicamente que alguien recuerde que todavía existe. Si puede ayudar contactar al número 316 8781143